miércoles, 23 de septiembre de 2009

Las Provincias Unidas de Centroamérica

LA CUESTION DE CHIAPAS, SOCONUSCO Y BELICE DURANTE LA INDEPENDENCIA DE GUATEMALA

Sara Solís Castañeda[1]

La Civilización Maya se estableció en buena parte del istmo centroamericano, desde Chiapas y Yucatán (hoy pertenecientes a México) hasta Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Pese a que los Mayas constituyeron la civilización precolombina más avanzada en el Hemisferio, no estuvieron unidos. A diferencia de los imperios Azteca e Inca, sus ciudades-estado autónomas permanecieron independientes, presagiando la fragmentación política que caracterizaría a Centroamérica hasta la actualidad. Lo que sí existió fue unidad cultural, más que política.

Esta brillante civilización empezó a declinar alrededor del año 900 DC, probablemente debido afectaciones en la estructura social, sobrepoblación y deforestación. Al efectuarse la conquista española la Civilización Maya se encontraba completamente en declive. Las enfermedades, alteración y trastornos sociales que trajo la Conquista aniquilaron a gran parte de la población nativa durante el Siglo XVI.

A partir de 1785 se inicia la aplicación del sistema de Intendencias en la Capitanía General de Guatemala y ésta estuvo entonces conformada por intendencias o provincias, de las cuales una era Chiapas –que forma parte físicamente de América Central-. Ciudad Real, Soconusco y Tuxtla fueron fusionadas en la Intendencia de Ciudad Real de Chiapas.

Al proclamarse la independencia centroamericana, el 15 de septiembre de 1821, Chiapas formaba parte de ésta, que a instancias de la oligarquía guatemalteca –encabezada por Gavino Gaínza, antiguo Capitán General- se anexó al México imperial de Agustín Iturbide. Al abdicar el novel emperador y proclamarse en México la República, las provincias del antiguo Reino de Guatemala decidieron separarse de México. Así, en Centroamérica se constituyeron las Provincias Unidas del Centro de América, el primero de julio de 1823, pero Chiapas ya no formaba parte de ésta, pues permaneció dentro de las fronteras mexicanas.

Al emanciparse, cada centro urbano de importancia trató de aprovechar la situación a su favor. Hubo enfrentamiento de intereses y actitudes y las reacciones a la independencia fueron diferentes. El movimiento de unión a México tuvo seguidores y opositores de una región a otra que eran muy diferentes entre sí. No se produjo un tipo de anexionismo único o una única expresión de anti anexionismo, sino varios matices de una y otra tendencia. “En Chiapas el movimiento se aprovechó para lograr la Independencia y neutralizar una posible reacción negativa de las autoridades de la capital. Es decir, la Provincia decretó la Independencia en adhesión al Plan de Iguala, y se colocó así bajo el amparo mexicano, al cual podía recurrir en caso de una invasión desde Guatemala. … Chiapas mantuvo su postura imperial y adujo que había declarado su independencia ‘por las bases de Iguala y como parte de la nación mexicana’[2].

Este movimiento provocó una fuerte división en Chiapas, por lo que se llevó a cabo un plebiscito que dio como resultado aproximado que 96,829 habitantes se pronunciaran por integrarse a México y 60,400 a la Federación Centroamericana; también hubo 15,724 votos neutrales. La incorporación chiapaneca a México se hizo con respecto a los partidos de Ciudad Real y Tuxtla el 14 de septiembre de 1824, en tanto que Soconusco quedó en una situación indefinida hasta 1842, año en que México lo anexó, a pesar de las protestas de Guatemala.

El historiador cubano Alberto Prieto Rozos señala que Ante las protestas centroamericanas, en Chiapas las autoridades de México llevaron a cabo un remedo de plebiscito acorde con los cánones de entonces, es decir voto censatario, alfabeto, blanco y masculino. Sus resultados favorables a la anexión fueron puestos en duda por la Federación, que sin embargo, señaló que en Soconusco y sobre todo en su sede de Escuintla, la votación había sido favorable a permanecer en Guatemala. Dicha zona se mantuvo en litigio entre ambas repúblicas fronterizas, hasta que el 9 de agosto de 1842 México militarmente la ocupó.[3] La situación agrícola de Soconusco parecía entonces ser más prometedora que antes y, según una encuesta del subdelegado García Girón, ésta indica que la industria del cacao en Soconusco se estaba recuperando.

A finales de la época colonial, el cacao seguía siendo muy importante, aunque los niveles de producción eran mucho menores que en el siglo XVI. La época posterior a la emancipación fue muy confusa y también “de alianzas cambiantes. En 1825 Soconusco cortó sus lazos tanto con México como con la Federación de Centro América y se declaró un territorio neutral. “No fue sino hasta 1842 cuando Soconusco se convirtió en parte de México”[4], de manera forzada y sin mediar ningún convenio bilateral de límites. Cuarenta años después, es decir en 1882, Guatemala y México firmaban el Tratado Herrera-Mariscal, convenio de límites entre ambos países, permaneciendo, tanto Chiapas como Soconusco, del lado de la frontera mexicana.

Resulta también interesante el anterior preámbulo histórico para posteriormente hacer un análisis comparativo entre dos importantes y muy polémicos Tratados de Límites de la República de Guatemala: uno de ellos el Tratado Aycinena-Wyke entre Guatemala y el Reino Unido de 1859 y el otro el Tratado Herrera-Mariscal entre Guatemala y México de 1882.

¿Porqué Guatemala aceptó una acción militar de México que desembocaría en la firma de un Tratado de Límites en 1882 y, sin embargo, hasta 1991 no reconoció legalmente a Belice cuando existía de por medio un Tratado de Límites firmado en 1859? ¿Cuál es la diferencia entre esos dos Tratados a través de los cuales se cedió gran parte del territorio guatemalteco?

Las relaciones de Centro América primero (como Federación Centroamericana) y posteriormente, ya como Estado independiente, de Guatemala con México e Inglaterra, estuvieron enfocadas durante el Siglo XIX en la cuestión limítrofe-territorial. De igual manera, este período fue gris en la historia de Guatemala como consecuencia de la pérdida de los territorios de Belice, Chiapas y Soconusco, grandes y ricos territorios que se encontraban en litigio.

Otro aspecto sobresaliente durante la fase de transición de la Independencia fue el problema de una nacionalidad centroamericana, que a la sazón era muy débil e indefinida para enfrentarse a potencias coloniales (Inglaterra), nuevos y mayores países (México) y enfrentar los desafíos de la política internacional (Estados Unidos y William Walker). Es casi seguro que la inestabilidad heredada de la desintegración de la Federación Centroamericana y la constitución, en su lugar, de los nuevos Estados centroamericanos independientes hayan influido en la forma en que Guatemala manejó la cuestión de límites con México e Inglaterra, a mediados del Siglo XIX.

Los acontecimientos revelan poca visión de Guatemala, que fue cediendo a las presiones mexicanas e inglesas, en diferentes momentos. Esos sucesos evidencian que la historia de las relaciones exteriores de Guatemala, se caracterizaron en el Siglo XIX por una cadena de cesiones, en donde no solamente se incluyen a Belice, Chiapas y Soconusco, sino también a la desintegración misma de Centroamérica.

Dicho lo anterior, es preciso mencionar también que existen profundas diferencias entre el caso limítrofe guatemalteco-mexicano y el anglo-guatemalteco.

En relación al caso entre Guatemala y México, éste último país era golpeado por los Estados Unidos, que le arrebataba enormes territorios en su frontera norte y, consecuentemente, obsesiva y desesperadamente presionaba en el sur, sobre Guatemala, para ampliar sus fronteras sobre un área que no le pertenecía. Al final, a México le fueron arrebatados, a través del Tratado Guadalupe-Hidalgo de 1848, dos millones y medio de kilómetros en esa frontera norte.

Naturalmente que, ante la manera dictatorial de México al zanjar la cuestión del Soconusco mediante una invasión militar motivó las protestas de Guatemala. Una de ellas fue la fechada el 12 de septiembre de 1842 y dirigida por el Ministro de Relaciones Exteriores guatemalteco a su homólogo mexicano. Según Luis Aycinena Salazar[5], esa extensa nota abundaba en datos geográficos, históricos y económicos, que demostraban los derechos de Guatemala; reiteraba el calificativo de ocupación por la fuerza aplicado no sólo a la entonces reciente anexión de Soconusco sino también a la anterior de Chiapas y terminaba exigiendo al gobierno de México la evacuación de las tropas destacadas en Soconusco, tras advertir que la agresión perpetrada podría ser justificadamente repelida con el uso de la fuerza. Pero no se declaró la guerra y tampoco se rompieron las relaciones diplomáticas ante tan grave acto de agresión. Guatemala se limitó a simples palabras. Palabras que duelen y que, a lo largo de la historia no se terminan de comprender y muchas veces suelen interpretarse como debilidad, ineptitud, incapacidad y hasta cobardía.

También se hizo llegar a todos los países con los que se tenían establecidas relaciones diplomáticas, otra protesta fechada el 17 de noviembre de 1842. En ésta se denunciaba la ocupación militar y el decreto de anexión emitido por el Presidente mexicano López de Santa Anna y se reafirmaba la vigencia de los derechos guatemaltecos sobre Chiapas y Soconusco.

En esta etapa de la historia puede verse claramente, al igual que en el caso de la reclamación anglo-guatemalteca sobre el territorio beliceño, la situación de dos países enfrascados en una relación asimétrica donde el más fuerte se impone sobre el más débil, pero también el triunfo del hecho consumado sobre el derecho inadecuadamente defendido”.[6]

Pese a lo anterior, debe aclararse que, a pesar de esa difícil situación, se mantuvieron hasta bien avanzado el siglo y en suficiente vigencia, los derechos que Guatemala defendía. Pero, a partir de la aparición en ese asunto del entonces Presidente guatemalteco, Gral. Justo Rufino Barrios, los acontecimientos se precipitaron y culminaron con la firma del también leonino Tratado de Límites entre Guatemala y México de 1882, que constituye uno de los temas más álgidos y polémicos resuelto durante su gestión gubernamental; “es un tema que todavía exalta a quienes lo discuten, ya que se acusa a Barrios de ser el responsable de la pérdida de Chiapas y Soconusco”[7].

La participación y presión del Gral. Barrios en el arreglo de límites entre Guatemala y México precipitó la solución de un diferendo en que Guatemala acabó cediendo todas sus posiciones. Este acto, desde el punto de vista de los protagonistas guatemaltecos, la única congruencia que tuvo fue el beneficio a la política particular del General Barrios y su obsesión por eliminar cuanto obstáculo se le opusiera en su proyecto de unión centroamericana, que a la larga tampoco pudo conseguir.[8]

De acuerdo con el historiador mexicano Cosío Villegas[9], Barrios debió creer que el término de la cuestión de límites con México mediante la firma de un tratado definitivo, su aprobación unánime por los dos poderes legislativos y el posterior canje de ratificaciones, cubrían su retaguardia, y que, libre de ese peligro, podía intentar la unión con más éxito. Aparentemente todo estaba a su favor, a México lo tenía sobornado con la cesión de Chiapas y Soconusco; contaba con El Salvador, cuyo Presidente le debía, además, la propia presidencia; contaba con Honduras, cuyo gobierno le debía muchos favores y creía contar con la aquiescencia de los Estados Unidos, país al que había ofrecido el control sobre el canal interoceánico. Contaba por supuesto con la amordazada conformidad del pueblo de Guatemala. Parecía tener, pues, todos los elementos para lograr la exitosa unión. Lo tenía todo, pero todo le falló.

Asimismo, el Ing. Claudio Herrera, Jefe de la Comisión de Límites de Guatemala, en términos más graves y posiblemente sospechosos de interés personal, manifestó, en su informe al Gobierno de la República de Guatemala, en el año 1900, diciendo que “en todo con lo que la cuestión de límites se relacionó durante aquella época, existe algo oculto que nadie ha podido descubrir, y que obligó a las personas que tomaron parte en ello por Guatemala a proceder festinadamente o como si obligados por una presión poderosa, trataron los asuntos con ideas ajenas o de una manera inconsciente.”

Este convenio de límites, con el que se culminó un largo período de negociaciones y el ulterior trazado de la frontera que fue su consecuencia, constituyeron para Guatemala hechos fundamentales en su historia de finales del Siglo XIX. Por este tratado, Guatemala renunció no solamente a discutir sus derechos sobre Chiapas[10] y Soconusco, sino a los derechos mismos. Se cerró definitivamente la oportunidad para posteriores reclamos, sin siquiera pedir absolutamente nada a cambio; este convenio cerró herméticamente la puerta a toda posterior reclamación, en virtud de que, al Guatemala ceder Chiapas y Soconusco, renunció expresa y categóricamente a toda compensación o indemnización. “Este es un ejemplo singular, en los anales del Derecho Internacional, de un arreglo entre dos países en el que uno de ellos llegó a hacer generosa entrega de sus posiciones y clausuró definitivamente la puerta de posteriores reclamos, sin pedir a cambio absolutamente nada.”[11]

El balance presentado al Ministerio de Relaciones Exteriores por Claudio Urrutia en la Memoria de 1900, señala “Guatemala perdió por una parte cerca de 15.000 kms y ganó por otra, cosa de 5,140 kms. Resultado: Una pérdida de 10,300 kms. Guatemala perdió 14 pueblos, 19 aldeas y 54 rancherías, con más de 15,000 guatemaltecos, mientras que México perdió un pueblo y 28 rancherías con 2,500 habitantes: júzguese la equidad en las compensaciones, comentaba Urrutia”.[12]

Enrique del Cid, en su libro Grandezas y Miserias de la Vida Diplomática, consignó el hecho “impresionante pero comprensible para la época en que sucedió, de que los ejemplares de la Memoria sobre la Cuestión de Límites, después de haber sido repartidos, fueron recogidos por órdenes del Presidente Estrada Cabrera. Debe añadirse que igual destino tuvo la segunda edición, de 1964, y también el propio trabajo Grandezas y Miserias de la Vida Diplomática, ya que ambas obras fueron decomisadas en 1968, por instrucciones del Ministerio de Relaciones Exteriores.”[13]

La autora comparte, al igual que Aycinena Salazar, la opinión de que este enfoque enfoque no significa remover viejos rencores, sino que se trata de recoger la verdad sobre un momento histórico de la vida nacional guatemalteca, ya que, a estas alturas del tiempo, esos hechos corresponden completamente a la historia. “La objetividad histórica, sin embargo, evidencia con hechos concretos la línea de sucesivas claudicaciones de una parte y de constantes presiones de la otra. Es una línea que se desprende, más allá de cualquier interpretación, de la simple lectura del texto de la historia.”[14]

Es preciso también señalar que la diferencia es enorme entre el anterior Tratado de Límites de 1882 y la Convención entre Guatemala e Inglaterra de 1859, relativo a Belice. En este último tratado, aunque disimuladamente, se incluyó una cláusula compensatoria que, aún siendo mínima, debía conceder Inglaterra a Guatemala por la cesión territorial y que se materializaría en la construcción de una vía de comunicación terrestre entre la costa atlántica y la capital guatemalteca, cuyo incumplimiento permitió a Guatemala iniciar y continuar sucesivas reclamaciones desde finales del Siglo XIX hasta 1991, fecha en que reconoció jurídicamente a Belice.

La reclamación guatemalteca sobre el territorio beliceño es una de las que más tiempo ha durado en América. El conflicto es añejo, complejo, intrincado, superficial y parcialmente conocido e históricamente falto de estudio sistematizado y ordenado; además, como si eso no fuera suficiente, es un conflicto heredado y ocasionado por el colonialismo y los apetitos inter-imperiales sucesivos de Inglaterra y Estados Unidos en Centroamérica.

El polémico Tratado Aycinena-Wyke de 1859 o “Convención entre la República de Guatemala y su Majestad Británica, relativa a los Límites de Honduras Británica” fue suscrito el 30 de abril de 1859 y de él emana una histórica y aún vigente reclamación guatemalteca, que devino en un diferendo territorial, insular y marítimo sobre Belice y que, por su naturaleza, tanto Guatemala como Belice piensan resolver a través del sometimiento del mismo ante la Corte Internacional de Justicia.

En la fecha de su suscripción, el territorio objeto del reclamo de Guatemala figuraba en los mapas oficiales como el “Establecimiento de Belice” y era denominado en los documentos británicos como “Establecimiento para ciertos fines”. No constituía territorio británico sino territorio español en posesión temporal de Gran Bretaña, por virtud de los Tratados Anglo-españoles de 1783 y 1786.

Esta Convención tiene diferente interpretación para ambas Partes y fue suscrita en un período crítico de la historia de Centroamérica. Es importante entender el contexto histórico en el que se firmó el Tratado para comprender las diferencias de interpretación del mismo. Por un lado, la Federación Centroamericana se había desintegrado y los países centroamericanos, debido al expansionismo económico norteamericano, las depredaciones de William Walker y el filibusterismo, así como el temor al avance de las ocupaciones inglesas, sentían seriamente amenazadas sus incipientes soberanías.

Por el otro lado, poco antes de la suscripción -1850- Gran Bretaña y Estados Unidos signaron el tratado conocido como Clayton-Bulwer, acordando que Gran Bretaña no ocuparía, colonizaría ni fortificaría posesiones en Centroamérica; Inglaterra estaba, pues, en cuanto a la adquisición de territorio centroamericano, limitada jurídicamente por ese tratado, por lo que declinó la propuesta de cesión y buscó otra opción para legalizar su presencia: un Tratado de Límites con Guatemala (1859), del cual debe destacarse dos artículos principalmente, el primero que se refiere a los límites de Belice antes de 1850 y el artículo séptimo que contiene la cláusula compensatoria que Inglaterra nunca llegó a cumplir.

En ese contexto, Gran Bretaña y Guatemala suscribieron y ratificaron el relacionado tratado. Evidentemente, en aquellas circunstancias asimétricas, en donde, por un lado tenemos a una ávida potencia imperialista colonizadora y, por el otro, a un pequeño país recién independizado y con temor a nuevas ocupaciones territoriales inglesas, solamente podría surgir una convención leonina por la que Guatemala cedió soberanía territorial en tierra firme al Reino Unido. La Convención suscrita evidencia los intereses extra continentales de una potencia colonizadora, por una parte, y la fragilidad y debilidad de un Estado incipiente y que recién terminaba de una guerra en contra del colonialismo, por la otra. Para Gran Bretaña este instrumento siempre fue una Convención de Límites, en tanto que para Guatemala lo era y sigue siendo de Cesión de Territorio.

Como señalado, según Guatemala, a título de compensación por la cesión territorial, se incluyó una cláusula, la séptima, por la que ambos países acordaron que conjuntamente construirían una vía de comunicación terrestre entre la costa atlántica y la capital guatemalteca.

La inejecución por Gran Bretaña del compromiso que figura en la cláusula VII de dicha Convención de 1859 impulsó tardíamente a Guatemala, en 1884, a plantearle la caducidad de la Convención y la consiguiente reincorporación del territorio a Guatemala, quien decidió construir por su parte y con enorme sacrificio, el Ferrocarril del Norte en 1908. La construcción de esa vía de comunicación, como una sustitución a la inejecución del compromiso inglés, introdujo un cambio sustancial en las relaciones jurídicas bilaterales establecidas en la Convención de 1859, orientándose Guatemala, a partir de ello, en dirección de acentuar el incumplimiento de Gran Bretaña de la obligación conjunta que figura en la cláusula VII. Nótese que, de haber cumplido Inglaterra con ese compromiso, Guatemala no hubiese denunciado y tampoco reclamado posteriormente el territorio beliceño que estaba cediendo.

También debo mencionar que, la premisa fundamental de Guatemala de que el Tratado era de cesión territorial se contradice con otro posterior, un Intercambio de Notas entre ambos países de 1931, el cual Inglaterra registró ante la Sociedad de Naciones. Este Tratado no ha asumido la misma importancia en el debate que el Tratado de 1859, pero no hay dudas que existió y que en derecho internacional tiene la vigencia y fuerza de un tratado independiente. El Intercambio de Notas relacionado recoge el informe relacionado con la medición y demarcación de la frontera.

De otra parte, no solamente incumplió Inglaterra su compromiso de ejecutar el camino, que, como ya mencioné, si lo hubiera cumplido se hubiese evitado la denuncia y posterior reclamación territorial guatemalteca, sino que Belice, como Estado sucesor del Reino Unido, también heredó la controversia que al momento de cobrar su vida independiente existía entre Guatemala y el Reino Unido. Por lo tanto, al haber declarado unilateralmente en su Constitución Política que sus límites territoriales con Guatemala eran y son los que figuran en la Convención de 1859, se acogió a dicha convención, que Guatemala sigue considerando carente de validez.

El relacionado Tratado de Límites de 1859 está íntimamente ligado a la reclamación insular guatemalteca en virtud de que, salvo el Cayo de San Jorge, el resto de las islas adyacentes no formaron parte de los tratados de usufructo de 1783 y 1786 y más bien fueron excluidas expresamente.

Consecuentemente, uno de los principales factores de complejidad radica en que es muy antiguo (histórico), pero a la vez difícil de comprender porque es multidisciplinario y abarca diferentes áreas (legal, política, económica, internacional), desde el inicio hasta la actualidad; a su vez, se hace necesario conocer, en primera instancia, la parte histórica, esa que precisamente ha sido poco estudiada, para comprender el escenario actual donde cambiaron los principios internacionales, con los cuales se benefició a una de las Partes (Inglaterra/Belice), dejando la otra (Guatemala), pendiente su reclamación territorial, pese haber tomado decisiones trascendentes, inspiradas en aceptación de facto pero no de iure de la situación imperante, que complican su misma reclamación.

Otro aspecto de complejidad reside en que se le ha querido dar solución de tipo político a un problema que tiene base legal, lo cual provocó prolongadas e infructuosas negociaciones con variadas fórmulas políticas de solución. No obstante, la reclamación territorial guatemalteca se origina en el incumplimiento de un ambiguo e impreciso pacto asimétrico, de diferente interpretación para las Partes, donde una, casualmente la más débil, hizo cesión territorial a una potencia colonial imperial, Inglaterra, que quería asegurar el territorio beliceño frente a otra mayor que había sido formada por sus ex colonias y que, como relacionáramos anteriormente, acababa de despojar a México de dos millones y medio de km2 en 1848, también a través de otro instrumento legal conocido como Tratado Guadalupe-Hidalgo y que pronto habría de iniciar un violento expansionismo imperialista en América, abusando de su inmenso poder económico-político, llevados a cabo por medio del “big stick” y bajo el amparo del corolario Roosevelt a la doctrina Monroe, especialmente en el Caribe y Centroamérica. También le da complejidad el hecho de que la reclamación no solamente es de orden territorial, sino también insular y marítima.

Habiendo dicho lo anterior, podemos entonces decir que, en este diferendo, las etapas significativas que han marcado el mismo, son las siguientes:

1. En el período colonial, sobresalen la firma de los Tratados de 1783 y 1786 a través de los cuales España concedió en usufructo, reservándose soberanía, del territorio que corresponde a la parte septentrional de Belice. Posteriormente, Inglaterra usurpó la parte meridional del mismo;

2. La etapa de la Independencia de España y formación de las Provincias Unidas de Centroamérica en 1821 y posteriormente el de la República de Guatemala;

3. La firma del Tratado Clayton-Bulwer de 1850, a través del cual Inglaterra y Estados Unidos fijaban su posición respecto a la futura construcción de un canal interoceánico en Centroamérica y que, tras firmarse, Inglaterra señalara que “Belice y sus Dependencias” (Isla de Roatán y la Mosquitia) no formaban parte del Tratado. Consecuentemente, como no se encontraba otra salida, se negoció un nuevo Tratado para señalar la obligación de los británicos de desocupar los territorios que retenían en Centroamérica, a excepción de Belice, que debía quedar específicamente demarcado, con lo cual se firmó el Tratado Dallas-Clarendon, tras el cual fue negociado, apresurado y firmado, en medio de la peor crisis centroamericana y tras su desintegración, el Tratado Aycinena-Wyke de 1859;

4. El polémico Tratado de Límites de 1859 entre Guatemala e Inglaterra (Tratado Aycinena-Wyke) y su cuestionado incumplimiento de la cláusula VII, que señalaba la construcción de una carretera como compensación por la cesión del territorio beliceño, enmarcado en los límites que éste figura hasta hoy día;

5. El decenio Revolucionario y el momento en que, después de la II Guerra Mundial, éste retoma el tema con un gran sentido nacionalista y hasta lo incluye en su Carta Magna de 1945 como parte integrante de su territorio y, posteriormente, en 1946, la declaración como caduco del Tratado de Límites entre Inglaterra y Guatemala por parte del Congreso de la República de Guatemala;

6. Posteriormente y muy significativo para el curso del diferendo territorial, lo son dos hechos a través de los cuales se encausó el autogobierno de Belice y su independencia de Inglaterra: a) La creación de la Organización de las Naciones Unidas y b) El surgimiento del Movimiento de Descolonización; ambos factores permitieron que los principios internacionales cambiaran, prevaleciendo el derecho de autodeterminación de los pueblos sobre las disputas territoriales entre los Estados, beneficiando a Belice, como ya lo dije, sobre todo y principalmente con su independencia, en 1981, pero dejando inconcluso un centenario diferendo territorial con Guatemala.

Sin dejar de mencionar el reconocimiento de iure que Guatemala hizo en 1991 de la independencia de Belice (1981), que es fundamental en la etapa actual, la fase más importante y que podría definir el curso del centenario diferendo, es la decisión conjunta y firma de un Acuerdo Especial entre Belice y Guatemala en diciembre de 2008, para someter su diferendo territorial ante la Corte Internacional de Justicia.

Finalmente, en cuanto a la reclamación territorial de Belice por parte de Guatemala, cabe mencionar el obstáculo que fue México[15] en ese diferendo. La posición mexicana entonces fue que “de no cumplirse la condición de una independencia completa de Belice, las viejas reivindicaciones mexicanas sobre la parte septentrional del territorio podrían formularse de nuevo”[16] y quien a partir de 1979 respaldó enérgicamente a Belice convirtiéndose en campeón de la libre autodeterminación del pueblo beliceño y patrocinando varias resoluciones a favor de la independencia de Belice en diferentes foros internacionales, traduciéndose en relaciones más estrechas con ese país. Y, por supuesto, también hubo debilitamiento por las constantes concesiones hechas por Guatemala en el curso de las negociaciones.

Puede verse entonces la gran diferencia entre el Tratado de Límites entre Guatemala y México de 1882 (Tratado Herrera-Mariscal) y la Convención entre Guatemala e Inglaterra de 1859 (Tratado Aycinena-Wyke), relativo a Belice.


[1] Doctora en Historia (Universidad de La Habana) e Internacionalista (Universidad de San Carlos de Guatemala).

[2] Luján Muñoz, Jorge. La Anexión a México, Historia General de Guatemala, Asociación de Amigos del País, fundación para la Cultura y el Desarrollo, Guatemala, 1995.

[3] Prieto Rozos, Alberto. Informe de Oponencia en el acto de Defensa del Doctorado en Ciencias Históricas de la autora; Departamento de Historia, Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana, 7 mayo 2009.

[4] Gasco, Janine; La Provincia de Soconusco, Op. Cit.

[5] Aycinena Salazar, Luis; Historia General de Guatemala, Op. Cit.

[6] Op. Cit.

[7] Contreras R., J. Daniel; Op. Cit.

[8] Op. Cit.

[9] Op. Cit.

[10] La extensión territorial de Chiapas es de 74,211 km2; las ruinas mayas de Palenque se encuentran en Chiapas; los recursos minerales de Chiapas incluyen oro, plata, cobre y petróleo.

[11] Op. Cit.

[12] Op. Cit. P.87

[13] Op. Cit. P.213

[14] Op. Cit. P. 215

[15] El 8 de julio de 1893, México y Gran Bretaña firmaron el tratado de límites entre la República Mexicana y el territorio de Belice, en el que se hizo constar sencillamente que el límite estaba constituido por el paralelo 18º, en la forma en que se especifica en dicho instrumento, y por el río Hondo, aguas arriba, hasta el Salto Garbutt, en un punto al Norte de la intersección de las líneas divisorias de México. Cuando la República de Guatemala publicó el Libro Blanco, el Canciller mexicano Eduardo Hay manifestó su solidaridad con la causa guatemalteca, y en la misma forma lo hizo el Presidente de México, General Lázaro Cárdenas, el 17 de marzo de 1940. Sin embargo, en el libro de José Antonio Calderón Quijano, Belice, 1663-1821 Historia de los establecimientos británicos del río Valis hasta la independencia de Hispanoamérica, publicado en 1944, se indicó, sin ningún propósito de polémica o de reivindicación, que las concesiones españolas entre el Río Hondo y el Sibún podrían haber estado dentro de la Capitanía General de Yucatán. Eso dio lugar a que Isidro Fabela publicara el libro titulado Belice-Defensa de los derechos de México, en el que sostuvo que, en el caso de que las posesiones británicas pasaran a la administración de las repúblicas americanas, México tendría que reivindicar el territorio comprendido entre los ríos Hondo y Sibún, correspondiendo a Guatemala solamente el comprendido entre el río Sibún y el río Sarstún, es decir, la parte meridional de Belice. Esta posición fue oficializada por el gobierno mexicano el 30 de mayo de 1949, cuando su representante, Benito Coquet, hizo una exposición al Presidente de la Comisión Americana de Territorios Dependientes. Desde entonces, México obstaculizó en todas formas la reclamación de Guatemala, quien objetó debidamente los argumentos mexicanos; pero ello no impidió que, en las reclamaciones guatemaltecas ante organismos internacionales, México presentara una reserva en el sentido de que, de cambiar el status de Belice, tendría derechos que reclamar; asimismo, que objetara que no se le diera intervención en algunas reuniones anglo-guatemaltecas para dilucidar el problema.

[16] Herrarte, Alberto: El Caso de Belice y la Mediación de Estados Unidos, Editorial Académica Centroamericana, Guatemala, 1980, p.309.